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Bombardeo a Plaza de Mayo: crimen de lesa humanidad

El 16 de junio de 1955, treinta y cuatro aviones de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea Argentina arrojaron catorce toneladas de bombas y dispararon miles de municiones de sus ametralladoras sobre la Casa Rosada, la Confederación del Trabajo (CGT) y los edificios públicos adyacentes a la Plaza de Mayo, lo que provocó casi medio millar de muertos y aproximadamente 1.500 heridos.
(°) Por Héctor “Coco” Colás)El bombardeo a Plaza de Mayo, inauguró las décadas más violentas de la historia argentina. Fue el episodio más sangriento e inhumano de siglo XX en la vida institucional del país.
Se cumplen 66 años de ese crimen de lesa humanidad que increíblemente permanece impune, con el agravante de que algunos de los oficiales sediciosos todavía estaban vivos, cuando en 1973, se recupera el sistema democrático.
Nunca fueron juzgados.

Los principales referentes de la rebelión eran el ministro de Marina del gobierno de Perón, contralmirante Aníbal Olivieri, el vicealmirante Benjamín Gargiulo, y los tenientes primero de navío Emilio Eduardo Massera, secretario de Olivieri, y sus ayudantes Horacio Mayorga y Oscar Antonio Montes, entre otros. También participaron los generales Pedro Eugenio Aramburu y León Bengoa. Entre los civiles estaban en el golpe de Estado, Luís María de Pablo Pardo, nacionalista católico y conspiraban en un mismo bando radicales como Miguel Angel Zabala Ortiz, conservadores que respondían a Adolfo Vicchi, y socialistas de Américo Ghioldi.
El plan era asesinar al presidente constitucional, Juan Domingo Perón, usurpar el poder y proclamar una Junta de Gobierno militar con ministros civiles como Vicchi y Ghioldi y Zabala Ortiz. Una vez normalizado el país se haría la convocatoria a elecciones generales con la proscripción del peronismo.
Los sectores concentrados del poder económico y financiero no toleraban ni aceptaban que a pesar de la crisis económica que padecía el país Perón había decidido mantener el porcentaje más alto de distribución del ingreso en toda la historia latinoamericana. A mediados de 1955, la participación de los trabajadores en el Producto Bruto Interno (PBI) era cercana al 53 por ciento.

Incidió en la planificación del golpe cívico-militar el creciente enfrentamiento de Perón con la Iglesia. Las razones de fondo eran económicas, pero las de superficie fueron políticas. A Perón no era posible derrotarlo en las urnas. El 14 de abril se suspendió en todas las escuelas la enseñanza obligatoria de religión y moral. El 20 de mayo se suprimió por ley la exención de impuestos a los templos y organizaciones religiosas y se llamó a una Constituyente para separar a la Iglesia del Estado. Los católicos de todo el país se pusieron en pie de guerra. Y los militares y civiles opositores, también.
En el mes de abril de 1955, el gobierno propuso pasar el día de la Bandera al 18 de junio. Fue, para los nacionalistas, un nuevo agravio. El momento de acelerar el golpe ocurrió luego de la manifestación de Corpus Christi que puso en la calle a unos 100 mil católicos y opositores al gobierno.
Los líderes de la rebelión deciden, entonces, que bajo el pretexto de un “desagravio a la bandera” una flota de aviones sobrevuele la Catedral metropolitana, arrojando flores. Era la señal para el ataque contra Plaza de Mayo. Por eso en lugar de flores, cayeron bombas.

Las crónicas señalan que el ataque sangriento comienza con la descarga de dos bombas por parte de Noriega a las 12.40 y se sucede en tres oleadas hasta las 17.45.
Muchos aviones llevaban inscripta la sigla “Cristo Vence”. Perón era, a esa altura, el anticristo. Pero el movimiento fracasó. Perón logró refugiarse en los subsuelos del edificio sede del Ejército, hoy Libertador, con los ministros de Guerra, Franklin Lucero, el fiel almirante Ramón Brunet, el jefe de la Aeronáutica, brigadier Juan Ignacio San Martín y el general Arnaudo Sosa Molina y Juan José Valle, que negociaron la rendición de los marinos atrincherados en el Ministerio de Marina.
Rápidamente se produjo la llegada de numerosos camiones de la CGT con obreros armados con palos, cuchillos y una columna de motorizados acompañó el asalto final al edificio de la Marina. Unos 90 aviadores— entre los cuales estaba el teniente de navío Carlos Alberto Massera, hermano de Eduardo Emilio— y Zabala Ortiz logran fugarse en un avión de la armada al Uruguay, donde son asilados por el gobierno de Luis Batlle.
El ministro de Marina Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo se habían entregado a los generales Sosa Molina y Valle.
En el momento de su rendición los amotinados exigieron que la “turba” -como definieron a los militantes peronistas que rodeaban el edificio- se fueran a su casa.
Esa misma noche mientras se destruían e incendiaban iglesias, Perón, pronunció un discurso pacificador, pero firmó el decreto para que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, presidido por el general de división Juan Eriberto Molinuevo juzgara y procesara a los 150 militares sediciosos.
En agosto fueron condenados por el Tribunal Militar a destitución e inhabilitación y prisión los cabecillas de la rebelión. Ningún civil fue procesado. Pero un mes después la conjura fue planificada en todo el país y el 16 de setiembre de 1955 Perón fue derrocado y desterrado y se proscribió al peronismo movimiento político mayoritario de la vida nacional por 18 años.
El alejamiento de Perón, estuvo vinculado con la posibilidad de una guerra civil y la destrucción de importantes y vitales organismos del Estado.
“Yo no caí del gobierno. Yo me fui para evitar un enfrentamiento entre argentinos. Mi decisión fue siempre de no reprimir. No lo hice con los responsables del Bombardeo a Plaza de Mayo, que les correspondía la pena de muerte, según la Ley 14.117. Ante la amenaza de una guerra civil y destruir a los bienes inestimables de la nación y provocar la muerte de poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses y pasiones”.

El almirante Isaac Rojas, al mando de la Flota de Mar, había advertido a Perón de que «de no renunciar”, bombardearía las instalaciones petroleras de YPF en Mar del Plata. Los buques se situaron frente a la costa de Mar del Plata. Dos cañonazos destruyeron los tanques con petróleo. Anunció que la próxima operación iba a ser sobre las destilerías de petróleo de La Plata, y si Perón no presenta la renuncia, seguirían hasta la destrucción de los tanques de Dock Sud. Las amenazas de bombardeo apuntaban no sólo al puerto, al sur de la ciudad, sino también al área central, de los edificios Casino y Hotel Provincial, y la tradicional playa de La Perla. Prosiguiendo viaje y por Radio Pacheco advierten a la población civil que debe evacuar la zona adyacente al dock de Berisso porque se produciría el bombardeo de la Destilería de La Plata.
También el objetivo del marino era destruir distintos objetivos adyacentes al puerto de Buenos Aires.
El 17 de junio de 1955 el diario Clarín de Buenos Aires en su editorial calificó al bombardeo como “monstruoso e inhumano”. Señalaba que por “primera vez en las luchas civiles argentinas, un sector de las Fuerzas Armadas, esgrime los elementos que el Estado da para la defensa nacional, en un ataque a mansalva contra multitudes indefensas. Unánime fue el grito de horror y de repudio provocado por el crimen, palabra que debe aplicarse la acción de quines mataron sin discriminación a hombres, mujeres, niños y ancianos. Si en las guerras entre naciones es condenable el bombardeo de las ciudades abiertas, en un levantamiento contra las autoridades legalmente constituidas el suceso asume características de horrendo vandalismo”.
Catorce días después de los bombardeos la mesa directiva del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical principal partido de la oposición, en un extenso comunicado señala entre sus principales fundamentos que “El radicalismo y el país quieren que la sangre argentina sirva, como en horas gloriosas a la causa de la democracia y de la libertad”.
El documento firmado por el entonces presidente de la agrupación política, Arturo Frondizi y el secretario Federico Fernández de Monjardin, no hace mención ni lamenta los muertos y heridos en ese triste episodio de la vida nacional.
En la parte resolutiva la Declaración de la Unión Cívica Radical señala en su artículo 1º que “La responsabilidad de los trágicos sucesos del 16 de junio de 1955 es enteramente del gobierno. 2º.- El radicalismo reitera su solidaridad con cuantos sufren cárcel 3º.- La UCR continúa su lucha por el restablecimiento de la moral y la democracia en la vida de la república.
Este crimen de lesa humanidad fue un suceso que, por muchos años, pasó inadvertido, se le restó trascendencia o fue ocultado deliberadamente por editores, políticos y gobiernos. Muy pocos artículos y voces periodísticas recordaban esa luctuosa jornada en la que el odio y la irracionalidad se impusieron sobre la mesura, la razón y la ética. Incluso, los sucesivos gobiernos constitucionales, radicales y peronistas no recordaron oficialmente la fecha ni hicieron comentarios sobre los bombardeos a Plaza de Mayo.
Luego de cincuenta y cinco años de silencio, el Estado argentino asumió la responsabilidad de identificar y reparar a las víctimas de aquel acto criminal perpetrado por integrantes de las Fuerzas Armadas en complicidad con grupos civiles. Trescientas nueve víctimas mortales pasaron a formar parte de un luctuoso listado que, por la naturaleza de los hechos y el paso del tiempo, se mantendrá por siempre.
Recién el 16 de junio de 2005, el gobierno del Presidente Néstor Kirchner recordó oficialmente esa salvaje masacre.
En la conmemoración del 50 aniversario de esa criminal asonada los medios de difusión, por primera vez, dieron a conocer una amplia y profusa información sobre esos tristes hechos que conmovieron la vida institucional y política del país.
A 66 años de ese criminal suceso es preciso rendir un justiciero homenaje a los muertos y heridos por los bombardeos de Plaza de Mayo y repudiar el accionar de los militares que intentaron asesinar a un presidente constitucional de la Nación con la siniestra complicidad y participación de civiles de distintos partidos políticos opositores al peronismo.

(°)Periodista e historiador del peronismo regioal)