En una de las islas del estuario del río Negro aún puede observarse amarrada a un antiguo muellecito de madera a una pequeña barcaza de color amarillo.
Es una chata de no más de dos metros de eslora con capacidad suficiente para llevara hasta la otra orilla lo justo y necesario.
En esa barcaza van y vienen frutas y verduras de estación y lo más preciado: unas bordolezas de 5 y 10 litros que llevan un vino tan espeso como exquisito.
En la punta de la isla dicen que hay una leyenda escrita hace más de medio siglo.
La escritura, aunque tembloroza, denota la avidez de un niño.
Allí se puede leer claramente cómo forma Sol de Mayo del 67 y la bronca por un golazo de Cornide en el clásico contra Villa Congreso.
O los nervios de la noche previa a ese 17 de agosto cuando había que leer una Redacción sobre José de San Martín en el acto conjunto de las escuelas 1 y 2.
Y la enorme expectativa de esos primeros días en el San Francisco de Sales con esos salesianos que irradian cultura y enseñan carpintería, imprenta y metereología.
Son trazos que van creciendo en el ánimo de quien escribe y siempre aflora el amor al terruño.
Y allí va el redactor colgado en un camioncito de reparto a gritar la capitalidad de Viedma.
Se grita con ese mismo fervor que un tiempo antes se comenzó a tararear cierta Marcha por años prohíbida.
Y el niño que deja paso al adolescente se hace joven en el escrito.
Y los domingos celestes ahora son propios junto a esos compañeros y compañeras que al alumbrar la ideología dejan horas de pesca y baile en El Provincial.
Y siempre, siempre se atesora el mismo sueño.
Como cuando sus vecinos lo eligieron presidente de la Junta Vecinal del Barrio o cuando premian su cuento del Capitán Shepperd.
Y el pibe se hace hombre y en sus lides lo acuna el bamboleo respetuoso del Concejo Deliberante y años después su pasión militante se hace banca legislativa.
Parece mentira.
Si no hace mucho abría despacito para no hacer ruido los paquetes de DRF en ese mismo lugar donde Redford o Sandrini lo conmocionaban desde la pantalla y ahora es el Presidente de un cuerpo y lo llaman “vicegobernador”.
Pero el sueño no cesa y reaviva el fuego desde aquella lejana derrota para acicalar más acá el logro.
Y entonces no llama la atención que hable de ampliar horizontes culturales y educativos; que rescate la historia fabulosa del lugar o que entienda que la tierra es un Derecho que se da de bruces con la especulación inmobiliaria.
Quiere contarles a todos que el río y el mar son dos torrentes que se unen en un Pueblo que tiene sobrados motivos para amar con autoridad y que Malvinas no por casualidad está justo enfrente de sus acantilados.
A él, como a todo el orbe, una Pandemia le ancla el desafío que le demuestra a la humanidad que no es tan poderosa como cree y abraza la acción a la fe de Don Zatti.
Nadan las nutrias frente a una isla del río Negro.
Ya no salen las bordolezas con ese espirituoso vino de pulposas cabernet.
Mira aquel niño los ojos de Laura que reflejan la maravillosa paz de dos que se aman.
En una nube, Paulina regala una sonrisa cómplice y Don Beto hace lo que mejor hizo siempre: hablar y estar con amigos.
Y en esas charlas debe sonar orgullosa la frase del corazón:
-“Y si..el pibe siempre quiso ser Intendente…y lo logró!!”

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