Un 11 de noviembre de 1913 el titular de la Compañía Colonizadora Stroeder, Don Hugo Stroeder, arribaba en un tren enarbolado de banderas y guirnaldas a la Estación ferroviaria del pueblo que hoy lleva su nombre.
Esa fecha es, según se asume oficialmente, el momento de la fundación de un pueblo que comenzó a recibir paulatinamente colonos -especialmente alemanes del Volga-, italianos, españoles y “criollos” dispuestos a encontrar “un porvenir”.

En los primeros años todo parecía cumplirse: ese lote 77 de la Dirección de Geodesia de la provincia de Buenos Aires que ubica al kilómetro 178 del Ferrocarril Sud tuvo su esplendor porque el tendido de las vías se detuvo como consecuencia de la Primera Guerra Mundial (la construcción era de capitales ingleses) y la localidad fue “punta de riel” hasta 1921.
Así florecían hoteles, tiendas, salones y comercios y seguían arribando habitantes de la mano de Hugo Keller, principal referente de la Compañía Stroeder.
Apellidos como Faaz, Buratto, Fimpel, Juanjo, Garay, Guguenheim, Krausser, Amán, Cureti (o Curetto como figura en los registros) se fueron afincando con los Quierolo, Valtierra, García, Seifert, Kieppe, Majt y tantos otros.
La ubicación del pueblo, si bien no caprichosa, es un tanto injustificada ya que no hay agua. Es más, los pozos de donde se nutrían los aljibes hasta casi finales del Siglo XX estában ubicados a un par de kilómetros de la localidad como el llamado Pozo de los Scarafoni.
Más allá de los avatares, escuelas, Iglesia, casas y chacras le fueron dando fisonomía.
Stroeder sigue siendo un pueblo de colonos en el estricto sentido del término.

Todos los días de todos los meses de todos los años sus habitantes deben pelearle al destino.
Y lo hacen porque saben que nada ni nadie vendrá a regalarles nada.
Abuelos y niñas, Jóvenes y adultas se dan la mano en una cadena solidaria constante donde todo se logra por esfuerzo de la localidad.
Así fue desde siempre.
Stroeder tiene una Usina de energía porque el pueblo se movilizó y lo logró con fiestas, gestiones y horas de trabajo comunitario.
Lo mismo con la sucursal del Banco Nación, el Colegio Secundario, la Central Telefónica yel asfalto.
Horas enteras entregadas por los Rust, los Krohn, los Gioventú, los Fernández, los Baunghartner, los Garcés, los Bertoya, los Urizar, los Falca, los Spot,los Stempelet, los Semchuk, los Kluppenberg,los Gamero, los Strübing, los Grassi, los Monticoni, los Schmith, los Adami, los Bernardi, los Natucci, los Gibelli, los Alaiza, los Colombi, los Diez, los Steinmbach, los Echenique, los López, los Peña, los Carabajal, los Müller, los Iannarelli,los Krauss, los Krenz, los Gímenez, los Vicuña, los Furch, los Graf y tantos y tantos.

Esos que han disfrutado un baile con Saturno Aliberti y sus Cometas o aquellos que bailan “La Chancha se va pal mai” con Grupo Astral.
Los mismos que gozaron un taco de billar en el boliche de Pelizario o se maravillaron con un arrime de Corbetti en la cancha de bochas.
Más de uno que gritó un gol de San Lorenzo o paró el Tren de la Esperanza para que se escuche el reclamo de un pueblo.
Porque pueden los cronistas de ayer y de hoy escribir lo que quieran o puedan.
Incluso los viajeros del futuro podrán imaginar cómo será este triángulo de “coraje y amor”.
Lo que nunca nadie podrá es desconocer que a Stroeder nada nunca le vino de regalo.
Porque todo lo logró su gente.
Su maravillosa, única y hermosa gente.

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