Por: Héctor Jorge Colás.- En una ceremonia religiosa realizada el 11 de noviembre de 2007, en los ritos católico y mapuche alrededor de 150.000 feligreses presenciaron en Chimpay, Río Negro, el acto de beatificación del lirio de la Patagonia, Ceferino Namuncurá.
Hace 13 años en el mismo lugar donde se registró su nacimiento en el año 1886, miles de devotos argentinos y de países vecinos compartieron con alegría y unción el fervor hacia el “santo indiecito”.
El secretario del Estado del Vaticano y la voz del papa Benedicto XVI, Tarsicio Bertone, en Chimpay, sobre el mediodía declaraba que “a pedido del hermano obispo de Viedma, Esteban Laxagüe y de muchas personas más y luego de haber consultado a la Congregación para la Causa de los Santos, el venerable siervo de Dios, Ceferino Namuncurá, laico cristiano y con su vida edificante para muchos jóvenes, en adelante llevará el nombre de beato. Señalaba que “su fiesta se celebrará el 26 de agosto, día en que nació”.
Una ovación cubrió el lugar. Miles de manos se elevaron al cielo en agradecimiento a Dios, por conceder esa gracia al primer indígena argentino, Ceferino Namuncurá, después de un largo proceso que comenzó 60 años atrás.
En el gran escenario se encontraban presentes los obispos patagónicos, el cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio (actual Papa Francisco), el patrocinante de Ceferino en el Vaticano, Enrico Del Covolo, el rector Mayor de la Orden de los Salesianos, Pascual Chávez Villanueva y otros prelados.
En otro sector se ubicaron el vicepresidente de la Nación, Daniel Scioli, el gobernador de Río Negro, Miguel Saiz y otros funcionarios
El centro de atención fue la cordobesa Viviana Herrera. Era la joven del milagro. Del testimonio que recorrió el mundo y sirvió de prueba para que Ceferino llegara a la beatificación. Padecía cáncer de útero incurable y terminal según el diagnóstico médico. Le pidió al santo indiecito en el año 2000, que la curara. En el acto, lloraba de emoción junto a su esposo y sus tres hijas, ante el asombro de los profesionales que la atendieron y verificaron el milagro.
El joven mapuche había nacido en Chimpay, Río Negro el 26 de agosto de 1886. Fue el sexto hijo de doce hermanos. Su madre fue Rosario Burgos, mapuche chilena. En 1884, su padre el cacique Manuel Namuncurá, último soberano indio de Salinas Grandes fue derrotado por el ejército argentino. En su rendición había pactado condiciones de paz y supervivencia. El Senado Nacional le otorgó tierras en las inmediaciones de Chimpay en Río Negro y un grado militar con sueldo.
Pero en el año 1900 las tierras concedidas fueron remplazadas, por funcionarios del gobierno nacional, por otras ubicadas en el paraje de San Ignacio situado al sur de la provincia de Neuquén. Esas tierras tenían un valor productivo inferior a las ubicadas en Chimpay. Ese año, obligado a dejar la zona, se produce la partida de Manuel Namuncurá y su tribu.
Ceferino le pide a su padre que lo lleve a Buenos Aires. Quiere estudiar y algún día ser útil a la gente de mi raza.
El 20 de septiembre de 1897, con once años de edad fue incorporado al Colegio Pío IX de Almagro.
No sabía hablar en castellano. Era el centro de las miradas, algunas no muy amistosas por su condición de indígena. Todos comentaban la llegada del hijo del Gran Cacique mapuche.
En el año 1902 alcanza el sexto grado, hablando perfectamente el idioma nacional. En la escuela de artesanos, Ceferino compartió con el afamado cantor nacional Carlos Gardel el mismo pabellón dormitorio y también cantaron juntos en el coro que dirigía el padre José Spadavecchia.
Entre los festejos programados para el fin de curso se incluía, concursos de canto. En una de esas celebraciones, Ceferino y Gardel llegaron a la final por ser los ganadores de anteriores rondas eliminatorias.
En un fallo, donde los profesores salesianos medían la entonación, el timbre y la modulación de la voz, la prestancia y las canciones presentadas, el jurado, en decisión difícil por la paridad de los concursantes, consagró como ganador al joven mapuche.
El “francesito”, como lo apodaban los niños de su curso al que años después alcanzaría a ser el mejor y el más prestigioso cantante argentino, en esa oportunidad tuvo que resignarse con un modesto segundo puesto superado por “el manso” el otro apelativo con el que identificaban sus compañeros a Ceferino.
Ceferino sufre por la situación de su madre. Había sido abandonada por su padre al asumir éste, su conversión a la religión católica que demandaba tener una sola esposa. En la opción entre las seis mujeres que tenía, según la costumbre de su raza, eligió para convivir en matrimonio monógamo a la más joven de la tribu y desplazó a la madre del joven mapuche. La historia confirma que el lonco o cacique mapuche tenía el privilegio de tener varias mujeres. Don Manuel Namuncurá tuvo catorce mujeres y 35 hijos. La mamá de Ceferino fue Doña Rosario Burgos, mujer mapuche, venida de Chile. Cuando dejó la tribu porque Namuncurá se casó por Iglesia con otra india, buscó siempre la compañía de los mapuches y murió como mapuche en casa de Clarisa Namuncurá, en San Ignacio Neuquén.
El deseo de ser aspirante al sacerdocio se convertirá para él en una obsesión que no lo abandonará hasta el día de su muerte.
La enfermedad seguía su curso y los superiores decidieron enviarlo a Viedma, confiando en que el clima patagónico favorecería su recuperación.
En enero de 1902, Ceferino viaja a Viedma. En el Primer Hospital de la Patagonia pasará Ceferino los momentos más gratos de su vida, aunque allí también deberá cargar la cruz de la incomprensión y el rechazo. En ese lugar comparte estudios teológicos con otro enfermo de tuberculosis Artémides Zatti, apóstol de la caridad y solidaridad humana que también fue consagrado “beato”.
Sabía Ceferino que estaba “desahuciado” y cuando la enfermedad le da tregua, confía en restablecerse. En ningún momento muestra actitudes de víctima, de depresión o de tristeza.
En el Colegio San Francisco de Sales de Viedma reinaba un auténtico espíritu de familia que hizo que se integrara en un clima de confianza, de amistad, de afecto recíproco.
Apenas comenzaron las clases, Ceferino continuó sus estudios, incluyendo el latín, que estudiaban los aspirantes.
Manuel Namuncurá avisado por Monseñor Cagliero de su intención de llevar a Ceferino a Italia, viajó a Viedma para despedirse de su hijo en junio de 1904. El joven enfermo se despidió con gran dolor y emoción de su padre.
Encontrándose en Italia, el 28 de marzo es internado en el Hospital Fatebenefratelli, atendido por los hermanos de San Juan de Dios. El sacerdote José Iorio dijo: “Nunca se le oyó quejarse de nada, aún cuando solo al verlo daba compasión y arrancaba lágrimas, por lo tan consumido y sufriente que se lo veía”.
Monseñor Cagliero le da los últimos sacramentos y lo acompañó hasta el final. Falleció el 11 de mayo de 1905. Tenía 19 años.
Sus restos descansan en una ruca construida por sus familiares en San Ignacio, Neuquén, paraje inhóspito que el gobierno nacional asigno a los Namuncurá.
El 7 de julio de 2007, el Papa Benedicto XVI había declarado beato a Ceferino Namuncurá.
(*) Periodista de Viedma

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