(Juan Carlos Rosso/ Padre Mamerto Manapache) No tenemos en nuestras manos la solución para los problemas del mundo.
Pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos. Cuando el Dios de la Historia venga, mirará nuestras manos.
El hombre de la tierra no tiene el poder de suscitar la primavera. Pero
tiene la oportunidad de comprometer sus manos con la primavera. Y es así que la primavera lo encuentra sembrando. Pero no sembrando la primavera, sino sembrando la tierra para la primavera. Porqué cada semilla, cada planta, cada vida que en el tiempo de invierno se entrega a la tierra, es un regalo que se hace a la primavera. Es comprometer las manos con la historia.
Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar. Porqué la tierra es fundamentalmente el ser que espera. Es profundamente intuitiva en su espera de la primavera. En ella anida la experiencia de los ciclos de la historia que ha ido siendo avanzar la vida en sucesivas primaveras parciales.
En este momento de la salida del invierno de nuestra Comarca Pataones – Viedma es fundamental el compromiso de siembra. Lo que ahora se siembra, se hunde, se entrega, será lo que verdeará en la primavera que viene.
Si comprometemos nuestras manos con el odio, el miedo, la violencia vengadora, el incendio de los pajonales, el pueblo nuevo solo tendrá cenizas para alimentarse. Será una primavera de tierras arrasadas donde solo sobrevivirán los yuyos más fuertes o las semillas invasoras de afuera.
Tendremos que comprometer nuestras manos en la siembra. Crear pequeños surcos o tablones sembrados con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porqué la única noticia auténtica de la siembra la da solo la tierra y la historia, y se llama cosecha. En las mesas se llama pan.
Si amamos nuestra tierra, que la mañana nos encuentre sembrando”.

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