(Por Héctor Coco Colás)Carlos Gardel nació el jueves 11 de diciembre de 1890 en la ciudad de Toulouse, al sur de Francia, con el nombre de Charles Romuald Gardés. Fue hijo natural de Marie Berthe Guardés y cuando llegó a Buenos Aires tenía dos años.
Pasó su infancia y adolescencia en el barrio del Mercado de Abasto, donde lo apodaron, primero, “El francesito” y, luego, “El Morocho del Abasto”.
Es preciso recordar en este día, que Gardel y el cacique mapuche Ceferino Namuncurá se conocieron en 1901 en el Colegio Salesiano Pio IX, ubicado en el porteño barrio de Almagro, para estudiar encuadernación y tipografía. Es conocido el episodio en el que Ceferino le gana a Gardel un concurso de canto individual en la fiesta anual que se realizaba bajo la dirección del director del coro, el padre José Spadavechia.
Posteriormente Gardés en 1911, formó coro con José Razzano, apodado “el oriental” por su origen uruguayo y cambió su apellido por el que lo haría famoso.
En 1912 grabó quince canciones criollas para el sello Columbia Records.
En 1917 fue el primer cantor oficial de tangos, al estrenar el tango-canción “Mi noche triste” de Samuel Castriota y Pascual Contursi, ya que hasta entonces, el tango era sólo música para bailar, sin letra. Ese mismo año filmó y estrenó su primera película, “Flor de durazno”. En 1920 llevó el tango por Europa, haciéndolo conocer en España y Francia.
Desde su regreso a Argentina en 1926 se dedicó casi exclusivamente a la fonografía. En la década del ’30 ya era una figura célebre en Argentina, Uruguay y en varios países europeos, motivo por el cual la empresa cinematográfica Paramount Pictures Corporation, lo convocó para protagonizar con rol principal, cuatro películas, rodadas en Joinville, Francia.
Entre 1934 y 1935 conquistó el mercado de Estados Unidos, donde grabó discos, cantó en radio y filmó las películas más exitosas de su carrera. Todas
ellas dentro del género musical como protagonista central y destinadas a su lucimiento como cantante.
Luego llegó la gira por Centroamérica en 1935: Puerto Rico, Venezuela, Aruba, Curaçao y Colombia.
El lunes 24 de junio de 1935 el avión en el que viajaba choco en el despegue con otro avión en Medellín (Colombia) y terminó con su vida en el esplendor de su fama.

Por su parte Ceferino, siguió sus estudios para sacerdote, se enfermó de tuberculosis en Bernal y por el clima seco lo trasladaron para su curación al Colegio Salesiano de Viedma, donde conoció a Artemides Zatti, un enfermero santo que también estaba recuperando su salud en ese lugar.
Lo desconocido es que Gardel y Ceferino se volvieron a encontrar en Viedma. Fue por iniciativa de Lisando Segovia un coleccionista nacido en 1940 en General Roca y que posteriormente se radicó en Viedma. Fue un investigador que empecinadamente y durante 40 años fue acopiando material sobre la vida y obra de Carlos Gardel.
Ese valioso material finalmente se ubicó en el histórico edificio del Colegio Salesiano de Viedma. Pero lo trascendente y para recordar hoy es que las autoridades municipales cedieron y le asignaron tres dependencias. Por esa gran coincidencia del destino, la habitación donde se inició el museo gardeliano era el dormitorio que utilizó Ceferino Namuncurá en su estadía en Viedma, cuando cursaba estudios en el Colegio Salesiano, antes de viajar a Italia.
En ese lugar se encuentra la totalidad de la obra discográfica de Gardel, su trayectoria filmográfica con ficha técnica de cada película, alrededor de 250 libros, algunos sobre la vida del cantor y otros sobre el tango, el lunfardo y el turf. Integran también la colección alrededor de 800 cuadros con fotos, notas periodísticas y documentos personales del artista.El 19 de diciembre de 1996 quedó inaugurado el Museo Gardeliano, y desde el año 2000 por Ordenanza Municipal, lleva el nombre de “Lisandro Segovia” en homenaje a su fundador, fallecido el 05-02-2000.
Cuando desde un viejo fonógrafo del Museo se irradia la inconfundible voz de Carlos Gardel, justamente en el dormitorio que ocupó Ceferino, se produce el milagro del reencuentro de dos amigos, dos compañeros de estudio y canto, venerados de distinto modo, por millones de argentinos.
El destino quiso que el “francesito” y el “manso”, como los identificaban sus compañeros del Colegio IX, ahora sigan juntos desde el espacio celestial, abrazados por la historia.