(Por Héctor “Coco” Colás).- El 16 de junio de 1955, treinta y cuatro aviones de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea Argentina arrojaron catorce toneladas de bombas y dispararon miles de municiones de sus ametralladoras sobre la Casa Rosada, la Confederación del Trabajo (CGT) y los edificios públicos adyacentes a la Plaza de Mayo, lo que provocó casi medio millar de muertos y aproximadamente 1.500 heridos.
El bombardeo a Plaza de Mayo, inauguró las décadas más violentas de la historia argentina. Fue el episodio más sangriento e inhumano de siglo XX en la vida institucional del país.
Se cumplen 65 años de ese crimen de lesa humanidad que increíblemente permanece impune, con el agravante de que algunos de los oficiales sediciosos todavía viven y nunca fueron juzgados.
Los principales referentes de la rebelión eran el ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, el vicealmirante Benjamín Gargiulo, y los tenientes primero de navío Emilio Eduardo Massera, secretario de Olivieri, y sus ayudantes Horacio Mayorga y Oscar Antonio Montes, entre otros. También participaron los generales Pedro Eugenio Aramburu y León Bengoa. Entre los civiles estaban en el golpe de Estado Luís María de Pablo Pardo, nacionalista católico y conspiraban en un mismo bando radicales como Miguel Angel Zabala Ortiz, conservadores que respondían a Adolfo Vicchi, y socialistas de Américo Ghioldi.
El plan era asesinar al presidente constitucional, Juan Domingo Perón, usurpar el poder y proclamar una Junta de Gobierno militar con ministros civiles como Vicchi y Ghioldi y Zabala Ortiz. Una vez normalizado el país se haría la convocatoria a elecciones generales con la proscripción del peronismo.
Los sectores concentrados del poder económico y financiero no toleraban ni aceptaban que a pesar de la crisis económica que padecía el país Perón había decidido mantener el porcentaje más alto de distribución del ingreso en toda la historia latinoamericana. A mediados de 1955, la participación de los trabajadores en el Producto Bruto Interno (PBI) era cercana al 53 por ciento.
En el frente militar, Perón lograba hacia abril de 1955 mantener la hegemonía, no sin fracturas en el Ejército y la Aeronáutica pero el 90 por ciento de la Marina era católica y antiperonista.
Incidió en la planificación del golpe cívico-militar el creciente enfrentamiento de Perón con la Iglesia. Las razones de fondo eran económicas, pero las de superficie fueron políticas. A Perón no era posible derrocarlo en las urnas. El 14 de abril se suspendió en todas las escuelas la enseñanza obligatoria de religión y moral. El 20 de mayo se suprimió por ley la exención de impuestos a los templos y organizaciones religiosas y se llamó a una Constituyente para separar a la Iglesia del Estado. Los católicos de todo el país se pusieron en pie de guerra. Y los militares y civiles opositores, también.
En el mes de abril de 1955, el gobierno propuso pasar el día de la Bandera al 18 de junio. Fue, para los nacionalistas, un nuevo agravio. El momento de acelerar el golpe ocurrió luego de la manifestación de Corpus Christi que puso en la calle a unos 100 mil católicos opositores al gobierno.
Los líderes de la rebelión deciden, entonces, que bajo el pretexto de un “desagravio a la bandera” una flota de aviones sobrevuele la Catedral metropolitana. Era la señal para el ataque contra Plaza de Mayo.
Las crónicas señalan que el ataque sangriento comienza con la descarga de dos bombas por parte de Noriega a las 12.40 y se sucede en tres oleadas hasta las 17.45. Muchos aviones llevaban inscripta la sigla “Cristo Vence”. Perón era, a esa altura, el anticristo. Pero el movimiento fracasó. Perón logró refugiarse en los subsuelos del edificio sede del Ejército, hoy Libertador, con los ministros de Guerra, Franklin Lucero, el fiel almirante Ramón Brunet, el jefe de la Aeronáutica, brigadier Juan Ignacio San Martín y el general Arnaudo Sosa Molina y Juan José Valle, que negociaron la rendición de los marinos atrincherados en el Ministerio de Marina.
Rápidamente se produjo la llegada de numerosos camiones de la CGT con obreros armados con palos y cuchillos y una columna de motorizados acompañó el asalto final al edificio de la Marina. Unos 90 aviadores— entre los cuales estaba el teniente de navío Carlos Alberto Massera, hermano de Eduardo Emilio— y Zabala Ortiz logran fugarse en un avión de la armada al Uruguay, donde son asilados por el gobierno de Luis Batlle.
El ministro de Marina Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo se habían entregado a los generales Sosa Molina y Valle.
En el momento de su rendición los amotinados exigieron la renuncia del ministro Borlenghi y que la “turba” -como definieron a los militantes peronistas que rodeaban el edificio- se fueran a su casa. Perón cumplirá con el pedido. Esa misma noche mientras se destruían e incendiaban iglesias pronunció un discurso pacificador, pero firmó el decreto para que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, presidido por el general de división Juan Eriberto Molinuevo juzgara y procesara a los 150 militares sediciosos.
En agosto fueron condenados por el Tribunal Militar a destitución e inhabilitación y prisión los cabecillas de la rebelión. Ningún civil fue condenado. Pero un mes después la conjura fue planificada en todo el país y el 16 de setiembre de 1955 Perón fue derrocado y desterrado y se proscribió al peronismo movimiento político mayoritario de la vida nacional por 18 años.
Cuando asumió la Revolución Libertadora a los asesinos como Isaac Rojas que amenazó con bombardera la zona del puerto de Buenos Aires si Perón no renunciaba lo premió con el cargo de Vicepresidente de la Nación. Teodoro Hartung fue ministro de Marina hasta 1958. Pedro Eugenio Aramburu, que participó en el levantamiento fue el Presidente desde noviembre de 1955. Toranzo Calderón, embajador en España; Anibal Olivieri, ante la ONU. Adolfo Vicchi, embajador en EE.UU. Oscar Antonio Montes fue Canciller de Jorge Rafael Videla. Eduardo Emilio Massera, su jefe y numen de la dictadura genocida de 1976.
El 17 de junio de 1955 el diario Clarín de Buenos Aires en su editorial calificó al bombardeo como “monstruoso e inhumano”. Señalaba que por “primera vez en las luchas civiles argentinas, un sector de las Fuerzas Armadas, esgrime los elementos que el Estado da para la defensa nacional, en un ataque a mansalva contra multitudes indefensas. Unánime fue el grito de horror y de repudio provocado por el crimen, palabra que debe aplicarse la acción de quines mataron sin discriminación a hombres, mujeres, niños y ancianos. Si en las guerras entre naciones es condenable el bombardeo de las ciudades abiertas, en un levantamiento contra las autoridades legalmente constituidas el suceso asume características de horrendo vandalismo”.
Catorce días después de los bombardeos la mesa directiva del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical principal partido de la oposición, en un extenso comunicado señala entre sus principales fundamentos que “El radicalismo y el país quieren que la sangre argentina sirva, como en horas gloriosas a la causa de la democracia y de la libertad”.
El documento firmado por el entonces presidente de la agrupación política, Arturo Frondizi y el secretario Federico Morjardin, no hace mención ni lamenta los muertos y heridos en ese triste episodio de la vida nacional.
En la parte resolutiva la Declaración de la Unión Cívica Radical señala en su artículo 1º que “La responsabilidad de los trágicos sucesos del 16 de junio de 1955 es enteramente del gobierno. 2º .- El radicalismo reitera su solidaridad con cuantos sufren cárcel 3º.- La UCR continúa su lucha por el restablecimiento de la moral y la democracia en la vida de la república.
Este crimen de lesa humanidad fue un suceso que, por muchos años, pasó inadvertido, se le restó trascendencia o fue ocultado deliberadamente por editores, políticos y gobiernos. Muy pocos artículos y voces periodísticas recordaban esa luctuosa jornada en la que el odio y la irracionalidad se impusieron sobre la mesura, la razón y la ética. Incluso, los sucesivos gobiernos constitucionales, radicales y peronistas no recordaron oficialmente la fecha ni hicieron comentarios sobre los bombardeos a Plaza de Mayo.
Recién el 16 de junio de 2005, el gobierno del Presidente Néstor Kirchner recordó oficialmente esa salvaje masacre.
En la conmemoración del 50 aniversario de esa criminal asonada los medios de difusión, por primera vez, dieron a conocer una amplia y profusa información sobre esos tristes hechos que conmovieron la vida institucional y política del país.

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