(Por Ricardo Carlovich) La pregunta sonó miles de veces y en los sitios más variados.
En La Plata, en Río Cuarto, en Praga, en Madrid, en Zagreb, en Las Grutas, en Caballito…
En el lobby de un hotel, en un taxi, en un restaurante, en la calle, en una plaza, en la playa…
No existe en el país portador de este apellido que no haya tenido que responder esa requisitoria en cualquier parte del mundo.
Humildemente, creo que ese es el legado enorme de Tomás Felipe: haber llevada el apellido hasta los sitios inimaginables sin haber jugado nunca en un equipo de club famoso y mucho menos en la selección.
Claro que, por estrictas cuestiones profesionales, guardo miles de anécdotas aún viéndolo sólo una vez jugar para Central Córdoba contra Flandria en el Gabino y un par de encuentros familiares en la casa de don Mario, su papá y tío abuelo de mi padre, allá en Rosario.
Como esa vez en Chicago, buscando la esquina donde fue la Matanza de San Valentín y entrando a un “market” el señor que atendía tenía su foto colgada en el mostrador.
O cuando mi abuelo Víctor, hermano de don Mario, estaba grave internado en Rosario allá por 1976 y no se conseguían dadores de su tipo y factor sanguíneo.
“El Trinche” escuchó en la mesa a la hora de la cena el desconsuelo de mi padre y al otro día aparecieron dadores de no se sabe dónde.
-“Qué les debo muchachos?”, preguntó alguien.
-“Nada, mire que le vamos a cobrar a un tío del Trinche…”
O no pagar en un restaurante o a un mecánico “por ser el primo del Trinche” o escucharlo a Walter Saavedra, ese poeta del relato, que al escuchar mi apellido me diga: “te sacaste terminación, flaco!”
La más maravillosa hazaña futbolera del esmirriado muchachito de esta película, de la que doy fe que su hermano “Pichón” era mejor y que de purrete le pegaba a la misma marca en la pared de su casa 100 pelotazos seguidos para divertir a la prole croata, no fue esa noche de abril del 74 ni ninguna otra.
Para mi, segundo hijo de su adorado primo “Vitrola”, la jugada de todos los tiempos de Tomás Felipe fue esa tarde, fría y con algo de llovizna que ya cité en el Gabino y contra Flandria que yo viví con apenas 11 años.
Terminó el primer tiempo y los “amarillos” ganaban 1 a 0. Él, que era un capo, no bajó al vestuario sino que se corrió a un costado donde estaban sus hermanos, cuñado y nosotros. Se sorprendió que mi padre le dijera que “te saludo, Trinche, por qué termina el partido y volvemos para Santa Isabel”.
Empezó el segundo tiempo y a los 5 minutos hizo un golazo por arriba de la cabeza del arquero desde la puerta del área después de gambetear a tres rivales. Cuando el 9 de Flandria fue sacar del medio, pasó por al lado y algo dijo y el árbitro lo expulsó. Salió corriendo de la cancha y, así como estaba, se sentó en el tablón de madera junto a mi viejo.
-“Qué hiciste, Trinche”?
-…y, como te vas, quería charlar un poco más con vos”, dijo aún transpirando
Si vos, que estás leyendo, no crees esto, busca la crónica de ese partido y verás que lo expulsaron.
Lo otro, lo del tablón, no podrás comprobarlo porque no te sacaste terminación.
Y, además, vos qué sos del “Trinche”?

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