(Por Ricardo Carlovich) Era sólo un Pasaje entre la avenida Villarino -la Costanera- y la calle Sarmiento.

Servía para separar el primero del segundo cuerpo de departamentos construidos alguna vez con los fondos de la otrora orgullosa Caja de Previsión Social de Río Negro.

Allá por el último lustro del siglo pasado era intendente de Viedma Fernando NANO Chironi.

En un avezado plan, en plena crisis, Chironi ideó un programa de pavimentación de calles de la ciudad capital entre las que estaba la ampliación de la Costanera, hasta entonces sólo asfaltada hasta la calle Alvear.

La puesta en valor de ese sector de la ciudad hoy parece lejano, aunque sólo pasaron 25 años y la costanera norte es todo un sector pujante y desarrollado.

Pero en 1995, con más de 200 años de historia, Viedma aún no había expandido sus ojos y desarrollos inmobiliarios en ese tramo urbano.

Fue entonces cuando  un vecino, abogado y defensor del árbol y el medio ambiente -creó incluso una Asociación de Amigos del árbol y la tierra- se detuvo en ese espacio libre que ubicamos en el comienzo de esta nota.

Carlos Larrañaga, integrante de una familia pionera en el estuario del Currú Leuvú, decidió dedicarle su tiempo, dineros y esfuerzos a ese tramo de la ciudad.

Con la influencia de los Casadei y el Euskadi en la Comarca, comenzó a sembrar árboles, olivos y algunos frutales.

Palmeras, pinos y cipreses le fueron ganando al paisaje que contrasta con los sauces y olivillos de la costanera.

Hoy, un cuarto de siglo después, torcazas y cotorras disputan  su nido con las siempre insolentes calandrias.

No son pocos los zorzales que regalan su trino entre loros barranqueros y algunos tordos que escaparon al desmonte.

Es más.

Si algún desprevenido quiere comprobarlo en este verano se va a encontrar incluso con un pájaro carpintero que anidó entre piñas y azahares.

Viedma no lo sabe, pero tiene una bella  plaza gracias a un emprendedor al que escuchó un intendente.

Viedma tiene la maravillosa plaza del Señor Larrañaga…

 

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