Es contundente el mensaje.
La Municipalidad de Viedma, a través de sus concejales, con la aprobación del Poder Ejecutivo y la anuencia gremial, dio esta semana uno de los mensajes más contundentes de la era neoliberal macrista.
La incorporación a planta permanente, dándole resguardo laboral y expectativa previsional a 161 vecinas y vecinos es todo un gesto político.
Con una planta que oscila los 600 empleados, la incorporación anunciada implica un aumento de entre el 25 y el 30 por ciento de la planta permanente.
Contundente cifra para una prédica que llegó a gobernar el país anunciando que eliminaría gastos del Estado.
Aquello de Prat Gay; eliminar “la grasa militante”.
En realidad, la acción institucional demuestra que en esta parte de Argentina son los estamentos estatales los únicos que aseguran trabajo y estabilidad.
La falta de políticas de desarrollo, la inexistente inversión privada y el sesgo prebendario de una sociedad, canalizan la decisión.
Es claro que el capital privado en nuestra región escapa a todas luces a devolver en fuentes laborales las enormes ganancias que obtiene, precisamente, de sus relaciones comerciales con ese mismo Estado que públicamente desdeña e ideológicamente ataca.
Los precios de la canasta familiar, el valor de productos tan sensibles como la carne y las sumas exorbitantes en alquileres y bienes raíces son el claro ejemplo de esa conjunción.
Viedma paga la carne más cara del país y un terreno es más caro que en el Adriático italiano lisa y sencillamente porque es la única forma que tiene el poder concentrado de la economía vernácula de justificar sus ganancias.
Un auto 0 kilómetro se paga aquí casi un 10 por ciento más que en cualquier otra plaza cercana.
Un alquiler promedio supera el sueldo mínimo, vital y móvil.
Un litro de leche en cualquier supermercado comarqueño cuesta más que en Puerto Madryn.
En cualquier lugar del mundo el aumento de una sola vez y a sola firma del 30 por ciento de la planta de trabajadores de un municipio generaría una fuerte polémica.
Aquí no.
Esa falta de debate en un tema que hace a las arcas de todos, se explica únicamente porque a los reales poderosos les conviene el silencio.
El debate al momento de aprobar la ordenanza respectiva en el Deliberativo se circunscribió apenas a si ex funcionarios políticos ahora contratados podrían usufructuar el pase.
Bastó una declaración del fiscal municipal alertando sobre futuros juicios contra el municipio y se zanjó todo atisbo de discusión.
La seguridad laboral de 161 familias no están aquí siendo condenadas.
Todo lo contrario.
Desde la caída de un proyecto de país productivo y desarrollista, con el cierre de emprendimientos emblemáticos como la planta lechera, la Tomatera, Lanera Lahusen y otras, son el Estado municipal y provincial los únicos reaseguros para una sociedad que irá dentro de un mes a las urnas sin exigirle a los candidatos un debate serio sobre qué ciudad se pretende para los próximos 30 años.
Es este en realidad un interrogante que se transforma en duda.
Como le hace decir Stenvenson a su dual personaje de la famosa novela “Una cosa es mortificar la curiosidad, y otra vencerla”

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