Soy periodista. Ese es mi oficio; de eso vivo (mal, pero vivo). Hace muchos años que lo ejerzo. Desde mucho antes que exista la grieta, el kirchnerismo; o que supiéramos que existía algo así como el “riesgo país”. Si bien soy joven, cuando arranqué los celulares eran los patrulleros; los millenials eran bebés; internet era usada solamente por la OTAN; 4×4 era 16; si te gustaba una piba tenías que ir a buscarla a la casa o hacer que la encontrabas de pedo en la calle; y otras cosas.
Quiero graficar lo siguiente: llevo en esto muchos años; en la movida pasé de jugar en primera a replicar con fotocopias o mimeógrafo folletos barriales o comunitarios. Las vi todas.
Como en cualquier oficio, el periodista se equivoca. Los motivos pueden ser muchos; pero los más comunes son:no chequear bien un dato; confundir un nombre; comprar “pescado podrido”; no entender un tema lo necesario y hablar o escribir igual; etc.. Todas esas cosas me pasaron; y no estoy libre de que vuelvan a pasarme.
En el medio, y pululando todo el tiempo, están las elecciones éticas: plata te ofrecen siempre ( y mucha a veces) para todo tipo de disparates periodísticos. O te preguntan “¿cuál es tú tarifario?”; ya que hizo escuela aquello que enseñaba Neustand: “yo tengo tres tarifas, decía: hablo bien, hablo mal, no hablo”.
Cosas que durante los ’90 se blanquearon con las famosas reglamentaciones de destino de pauta estatal a “personas jurídicas”, y no necesariamente a medios de comunicación con licencia y registro. Aquello, que supuestamente garantizaba la pluralidad de voces y la libertad de prensa, se convirtió en un curro infernal que convirtió a unos cuantos colegas en multimillonarios “legales”, ya sea porque con “productoras” de su propiedad firmaban jugosos contratos y convenios de pauta, o directamente mandaban al contador con la factura en mano para cobrar por ventanilla. Los sobres por bajo continuaron y subieron su cotización, por supuesto.
Hoy, la actividad, además de desprestigiada está tremendamente precarizada, desregulada y vale absolutamente todo. No importa nada ni nadie.
El punto que hay que ver y escuchar que colegas como Majul, Novaresio, Fantino, Longobardi, por nombrar un par de los más conocidos digan: “me equivoqué”, “me dejé llevar”, “mís fuentes me lo certificaban”.
Sin olvidar a los buches, buscas de ministerios, pasadores de quiniela, alcahuetes, correveydiles, u otros personajes que siempre formaron parte de nuestro espectro de trabajo, los que habitualmente cubrimos política económica sabemos que no hay mejor fuente que los actos de gobierno. En una República, los actos de gobierno son todas aquellas disposiciones, resoluciones, decretos, discursos, eventos de agenda oficial que realiza cualquier funcionario de los Poderes Ejecutivos. O proyectos de ley, comunicación dictámenes de comisión, intervenciones en comisiones o recinto legislativo, desde el Congreso nacional hasta el más pequeño Consejo deliberante del país. O bien cualquier acto judicial que lleven adelante los funcionarios designados por los Consejos de las Magistraturas.
A partir de la gran sobreinformación a la que hemos estado sometidos en los últimos quince años,la cual en su mayoría es basura; y la gran dimensión que ha tomado el capitalismo “intangible” en Argentina, debieron sumarse entre las “fuentes consultadas” a las Cámaras empresarias, sindicatos, universidades; alguna que otra ONG o Centro de Estudio, y boliches así.
Tomados con buena pinza, son datos que siempre sirven para interpretar o entender procesos o temas que se encaran en el ejercicio del trabajo.
Entonces, no jodamos. Ningún colega que se diga profesional ES TAN PELOTUDO, como para estar “confundido” o “mal informado” tantos años.
Son curreros, estafetas, mercenarios y mala gente. Adornados por la Embajada, mesas de dinero, bancos, etc.
¿Y saben qué? La moneda que hicieron, ya la hicieron. El daño que hicieron, también está hecho.
Entonces, no los miren, lean o escuchen más, si es que ustedes no son boludos y son gente pensante. No pierdan tiempo.
Tampoco nos lean o escuchen a nosotros – o a mí. Me importa tres pepinos; aunque morfo gracias al oyente y al lector. Hagan de cuenta que tengo un almacén, y en el mostrador hay un cartel que dice: “Usted no está obligado a entrar aquí. El gerente del supermercado de la vuelta es más simpático, amable y lindo que yo. Pero él lo caga, yo no”.
Con esto quiero decir, y termino: así como es mentira que Majul y los demás no son tan boludos; los lectores, oyentes y televidentes tampoco lo son.
Si a Usted le gustó comer mierda por años, hágalo. La libertad es libre. Pero no le indilgue las culpas a los demás después. Hágase cargo como adulto de las cosas que mira, repite, cree, piensa y hace.
NADIE ES TAN PELOTUDO COMO PARA VIVIR “ENGAÑADO” MEDIA EXISTENCIA.
NADIE ES TAN BOLUDO. NADIE.

- Publicidad -