No fue un gran pensador quien acertó esta vez el diagnóstico.
Tampoco alguno de los filósofos modernos, especialmente nacidos a partir de la exposición mediática más que por libros.
A comienzos del año 2016 fue un hijo dilecto del macrismo quien dio en la tecla.
Guillermo Moreno, el polémico y cosificado secretario de Comercio de la era K, desfilaba por todos los canales de televisión.
Moreno servía a la misión de demonizar la maldita “década ganada”.
Mostrarlo a Moreno era mostrar al patotero, el de armas sobre el escritorio, el peronista bruto, el pendenciero.
Y no hubo programa donde no recayera Moreno.
Sucede que Moreno, ningún improvisado, comenzó a hablar en términos definitorios.
Y fue él quien se atrevió a la sentencia: “este es Blanco Villegas, no es Macri; así que no es neoliberalismo lo que llegó a la argentina. Acá volvió la oligarquía a gobernar después de 80 años”.
Letal, poco sutil, pero preciso.
Y dio una explicación de almacenero que hasta ahora no hubo ningún economista ni propio ni extraño que lo explicara mejor:
“Este gobierno lo primero que hizo fue triplicar el precio de la comida. Es de animales. Un crimen al que ni Videla y Martínez de Hoz se atrevieron”.
La síntesis perfecta, esa a la que sueñan desde 1946, tiene algunas lagunas que deben vadear.
La más dura, la Reforma laboral con la consiguiente vuelta a un país de trabajadores sin derechos, sumisos, sin pataleo posible.
Como los que alguna vez dijo extrañar el dueño del ingenio azucarero más grande.
Otra, el fraude electoral.
Como en el 30.
Papeleta, galpón, vos ya votaste y a no quejarse.
Ciudadanos de primera y de segunda.
Como en los barcos donde se tiraba manteca al techo en cada viaje a Europa.
Y el Servicio Militar para recuperarle poder de coerción a las Fuerzas Armadas.
El Poder militar, ese al que el poder real solía llamar para encarrilar sus pretensiones, nació cuando Roca repartió las tierras de su terrible Conquista entre la soldadesca.
Así, los soldados de línea pasaron a tener campos enormes y ellos y sus hijos comenzaron a casarse con las hijas de los hacendados que habían solventado la excursión exterminadora.
Nació entonces la “oligarquía” nacional.
Que se mantiene intacta en nuestro país como en casi ningún otro.
Devolverles la capacidad de movilización; de mancebos gratis para que lleven a sus hijas al colegio y barrenderos de parques y jardines, es una forma de reintegrarles el “honor” que nunca ganaron en un campo de batalla.
Esos honores se los legaron los San Martín los Belgrano, los Brown, los Güemes…
Ellos sirven sólo para portada de billetes y nombres de plazas.
Ahora hay que recobrar el poder perdido.
Ese que rifaron en la mesa de torturas donde acribillaron a los hijos de los hijos de sus propios amigos.
El que dinamitaron en vuelos de la muerte.
No es casual que durante tres años hayan inundado las redes sociales influyendo para que la gente pida el regreso del Servicio Militar como si eso por si mismo solucionaría los problemas de robos, atracos, violaciones y asesinatos.
Es cierto que mucha gente cree que así ocurriría.
Si la mejor alumna de los años 70, Patricia Bullrich, les devuelve el bendito servicio, estarán sólo a un paso de la reinstauración oligarquica total.
O quizás, no les haga falta el fraude.
Y deberemos esperar que otra vez, desde un cuartel, aparezca un coronel que los ponga en capilla.

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