María, la que se cayó de la historia

(#) La hija de la Patria olvidada

Un perfume de rosas golpea tenuemente.
Son las cinco de la tarde en un soleado noviembre.
Como todos los domingos, uno de los paseos preferidos en aquel 1811, es caminar por la costanera de Viedma en un espacio de no más de doscientos metros.
Poco a poco han colocado una explanada de madera de álamos y algunas estatuas que replican a obras ilustres: una Nereida, un Pensador; una Madre.
Desde Patagones cruzan el río botes y lanchones llevando a las familias más pudientes con sus mejores galas domingueras.
Escondido en un rincón, Domingo se abruma en recuerdos.
Sus 26 años ya lo han hecho un veterano.
De niño, sus manos repartían las cartas en la famosa Buenos Aires y hace apenas un año, sirvieron de bandeja para las cintillas patrióticas en el Cabildo y para forzar el jaleo de un pistolón a chispa cuando hubo que rematar a Liniers.
Envenenado Moreno en altamar; preso Castelli y Belgrano enviado al ejército del Norte, su soledad política derribó la estrella y vino a caer preso en estas inmensidades.
Cárcel rara la de Patagones y Viedma.
Los reos andan sueltos por las calles ya que no hay dónde huir.
Al este el mar y al norte, sur y oeste la nada misma, sólo cruzada por indios ariscos.
Ella lo vio desde el bote y se sonrojó como el primer día cuando lo cruzó en el negocio de los Lorca, a metros del fuerte maragato.
Ahora, él jugaba con una rama de mimbre, dibujando en la arenilla un Plan de Operaciones que nunca se ejecuta.
De pronto, la adolescente de ensortijada catarata de risos rubios y el elegante héroe que destronó a Cisneros desaparecen entre olivillos y sauces.
El corset explota por esos pechos rosados y arrogantes y la pasión arranca las polainas del primer cartero argentino.
Un tumulto de besos y sexo se pierde en el chapuzón de una nutria y una bandada de loros canta al amor desenfrenado.
Con el primer Triunvirato, vuelve al río de la Plata con los honores que los saavedristas habían condenado al ostracismo por su pertenecía “chispera”.
Más tarde, los vaivenes gauchos lo llevarán de nuevo al exilio en Estados Unidos donde nunca olvida el guindado maragato.
Oficialmente, tuvo dos hijos; Domingo, fraile dominico, y Aurelio, militar de renombre.
Allá por 1854, mucho después del 3 de junio de 1825 cuando fallece en su tristeza, un Juez de Paz de Patagones y Viedma escribe al primer presidente constitucional argentino, Justo José de Urquiza.
Relata sobre sastres y panaderías; barracas y galpones; fondas y bares; milicias y doctores.
Cita nombres de maestros de las escuelas donde sólo concurren los hijos varones de familias ricas y agrega que “como institutriz de niñas se desempeña María French, hija del ilustre vecino porteño”.
Domingo Cristóbal French y Urriaga ocupa un lado de la grieta en la historia argentina.
Su impronta revolucionaria; su pertenencia a la jabonería de Vieytes; su arcabus matando a Liniers; su militancia y pasión son fáciles de hallar en los libros y museos.
María, sin embargo, luce inconclusa cayendo al precipicio de la historia.
Ella y su ignota madre gritan desde las riberas del río Negro un “Ni una Menos” tan afónico como los loros barranqueros.

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